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Ante la extrema judicialización de la política en Brasil, convendría preguntarse cómo sería hoy el cuadro político del país si Dilma Rousseff no hubiese sido destituida en agosto de 2016.

Ante la extrema judicialización de la política en Brasil, convendría preguntarse cómo sería hoy el cuadro político del país si Dilma Rousseff no hubiese sido destituida en agosto de 2016. Si el curso "natural" de su gobierno hubiese impedido la actual crisis ambivalente: una economía que ella dejó postrada hoy responde y crece, pero la situación política es mucho peor, y esa judicialización hace depender la agenda electoral de los tribunales. Lula es el precandidato más respaldado en los sondeos y si va preso o es despojado de sus derechos políticos es difícil prever qué podría ocurrir en Brasil. Por las sentencias acumuladas en la Justicia, correspondería que Lula no pudiera competir, tal como manda la ley electoral de "ficha limpia", promulgada durante el mandato del caudillo petista.También la corte constitucional (el STF, al que acaba de presentar un hábeas corpus preventivo) parece seguir ese criterio, según comentarios y votos anteriores de su presidenta. Lula tiene dos condenas por corrupción y lavado de dinero, de primera y segunda instancia.
Pero vale hacer ese ejercicio de toma de distancia de esta actualidad judicial y política. Y recordar que Dilma cae en agosto de 2016 a partir de su extrema impopularidad, a un año y medio de iniciar su segunda presidencia con una economía en recesión. Sobre esa debilidad se monta la ofensiva opositora de su entonces aliado y vice, Michel Temer, y su partido PMDB. Con el apoyo enfático del empresariado (la federación industrial paulista a la cabeza) y de gran parte de los medios y con una clase media muy movilizada. La ola de descontento venía de lejos, estalla ya en 2014, con las protestas por el boleto urbano en San Pablo y los gastos en las obras para el Mundial, y se expande a otras grandes ciudades. Pero, de nuevo: ¿cómo estaría hoy un gobierno de Dilma, cursando su último año? Hay que recordar que después de jurar su segundo período Dilma, economista formada, puso en marcha el plan de ajuste que había criticado en campaña a su rival Aecio Neves (PSDB). Puso al frente de las finanzas al banquero Joaquim Levy e inició un ajuste. Que era inevitable por lo insustentable que había sido su expansionismo anterior ("Nova política macroenocómica"). Este expansionismo buscó compensar la caída global de la demanda de bienes primarios, pero llevó a alta inflación (11 por ciento anual) y un gasto público agobiante, con un déficit fiscal superior al 10 por ciento del PBI. Hoy Brasil se ha recuperado de la peor recesión de su historia (el PBI empezó a declinar a mediados de 2014 y comenzó a recuperarse en la segunda mitad de 2016, según la OCDE). Este año podría crecer hasta 3 por ciento, mientras la inflación ha caído a 2,75 por ciento en 2017. El consumo privado, que cayó 4,3 por ciento en 2016, crecería este año 1,5 por ciento. Pero nadie sabe si un Lula presidente seguiría la línea "ortodoxa" (o simplemente racional) que tuvo en sus dos presidencias (2003-2011) o si, enfurecido y enceguecido, radicalizaría la política económica. La política exterior se descuenta que sería bien al gusto de la base petista: antioccidental y de izquierda populista.

"Si la hubieran dejado en su cargo, hoy Rousseff languidecería junto al PT y sus adversarios se prepararían para sucederla"

Por este panorama incierto y nada bueno para Brasil, parece razonable concluir que el PMDB y el establishment brasileño hubieran debido respetar el mandato de Dilma y dejar que afrontara la crisis causada por su propia gestión. Se recordará que Dilma, presionada por el PT, terminó echando al ortodoxo Levy. Pero ¿cuánto hubiera durado es retroceso a la heterodoxia? Lo más probable es que hoy Dilma como presidenta, y con ella el PT, languidecería sin remedio con un gobierno impedido de sanear la economía como hace Temer, y que cualquier candidato decente que presentara el PSDB hoy tendría casi asegurada la victoria. Se paga así la impaciencia de 2016, más allá de que el proceso de impeachment fue respetuoso de tiempos y formas. Pero que el líder visible de ese procedimiento fuera el luego encarcelado Eduardo Cunha, figura ya entonces impresentable, y que el propio presidente Temer se haya salvado de la cárcel por un blindaje extraordinario del Congreso han dado impulso a Lula y al craso populismo que practica desde la tribuna. Ayer no dudó en citar a su esposa fallecida, Marisa, quien, dijo, le susurra por las noches al oído: "¡Levántate y ve a luchar!" El kitsch populista en su peor expresión.